​El rastro de la estrella en Salta: El milagro de volver a ser niños cada 6 de enero

​Entre zapatitos gastados, agua y pasto para los camellos, la magia de los Reyes Magos resiste al tiempo. Desde los pesebres vivientes de nuestra Villa Las Rozas hasta el mate con la rosca familiar, celebramos la tradición más tierna del alma salteña: esa que nos enseña que el regalo más grande es la sagrada inocencia de la infancia.

Tendencias 06/01/2026 Por la Profe
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Se me llena el alma de recuerdos este 6 de enero, porque para quienes peinamos canas —y para los que aún guardan un niño en el pecho—, hoy es el día en que la realidad le pide permiso a la magia para entrar en casa.
​En mis tiempos, y sé que muchos de ustedes me entenderán, los Reyes no eran solo una fecha; eran el punto final, con broche de oro, de nuestras esperanzas infantiles. Me parece ver todavía esos zapatitos, los más limpios que podíamos dejarlos, puestos con una fe ciega cerca de la ventana o al pie del pesebre. No importaba si el calzado estaba un poco gastado por el juego en la vereda; esa noche se convertían en cofres sagrados.
​¡Y qué decir de la hospitalidad! Salíamos al jardín o al baldío a buscar el pastito más tierno, ese que cortábamos con cuidado, y llenábamos un tachito con agua fresca. Como bien decimos, quizás el paladar de un camello de Oriente sea distinto, pero esos animales sabios y cosmopolitas siempre aceptaron nuestro humilde yuyito salteño con tal de que los niños estuvieran felices. Era un rito de amor: alimentar al que viene de lejos, al que trae la ilusión a cuestas después de seguir una estrella.
​Hoy, la memoria me lleva a los pesebres vivientes que son el latido de nuestra identidad. El de Villa Las Rosas, con sus cerros de testigos, o el de Vaqueros, donde el aroma al campo se mezclaba con la fe. Reyes es ver pasar a Melchor, Gaspar y Baltasar sobre el camión de bomberos, repartiendo caramelos, es el Parque San Martín desbordado de risas, el paseo en colectivo gratis, y es la Rosca de Reyes que compartimos con el mate, cerrando el ciclo de la Navidad para volver a empezar el año con el corazón lleno.
​Sé que los tiempos están difíciles, que hoy en nuestra Salta parece que hace falta ser verdaderamente "mago" para estirar el sueldo y comprar un juguete. Pero ahí reside la mayor herencia de esta tradición: en el ingenio de mamá y papá, en esa complicidad silenciosa para que, a pesar de todo, el 6 de enero el milagro se cumpla. Porque el regalo más grande no es el que viene en una caja, sino el saber que alguien nos cuidó la ilusión mientras dormíamos.
​Atesoremos esta primera celebración del año. No dejemos que se pierda ese puente que nos une con nuestros abuelos. Que la estrella de Belén, esa que guió a los sabios de Persia, nos guíe también a nosotros para encontrar la esperanza en medio del camino, por más empedrado que esté.
¡Feliz Día de Reyes para todas las familias! Que nunca nos falte el pastito de la fe, ni el agua de la bondad para los que están de paso.

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